Con la llegada de la Navidad vuelven a las plazas públicas y los salones de los hogares los árboles decorados con luces y bolas de colores, una tradición milenaria que tiene sus orígenes antes de que naciera Jesucristo. Una de las costumbres ancestrales del ser humano siempre ha sido el de adorar "objetos sin valor" en vez de venerar a Dios, como por ejemplo cortar un árbol para adornarlo o, como hacían los babilonios, para dejar regalos debajo del mismo.

La fiesta romana de Saturnalia

El solsticio de invierno siempre fue una fecha importante para antiguas civilizaciones, como la romana, la celta, la azteca y, en especial, la escandinava. Los romanos celebraban la fiesta de Saturnalia el 17 de diciembre dedicada a Saturno, dios de la agricultura y las cosechas, pero se popularizó tanto entre el pueblo que pasó a celebrarse durante toda una semana, del 17 al 23 de diciembre.

En las fiestas Saturnales se decoraban las casas con plantas y se encendían velas, una forma de expresar que, tras los días oscuros y más cortos del año, llegarían los más luminosos. Los romanos adornaron las calles durante las Saturnales, pero fueron sobre todo los celtas quienes decoraron los robles con frutas y velas durante los solsticios de invierno. Era una forma de reanimar el árbol y asegurar el regreso del sol y de la vegetación.

El nacimiento de Frey y los vikingos

Mientras, los vikingos celebraban el día 26 de diciembre el nacimiento de Frey, el dios del sol y de la lluvia y señor de la vegetación. Era un dios muy venerado y su nacimiento simbolizaba para los nórdicos el triunfo de la luz sobre las tinieblas. Por eso, cada año para conmemorarlo adornaban un árbol de hoja perenne al que llamaban Yggdrasil o árbol del Universo. Este árbol, de forma puntiaguda, apuntaba a Assgard, donde moran los dioses y al Valhalla, el palacio de Odin, mientras sus raíces se hundían en el Helheim, el reino de los muertos.

Los primeros cristianos en llegar a Escandinavia observaron que la fecha de adoración nórdica coincidía con la Navidad. Con la evangelización de esos pueblos se conservó la tradición, pero se cambió por completo su significado.

Árbol de navidad en la nieve

El abeto de San Bonifacio

El cristianismo adoptó y transformó estas costumbres paganas ante la imposibilidad de erradicarlas. En el siglo VIII había un roble consagrado a Thor en la región de Hesse, en el centro de Alemania. Cada año, durante el solsticio de invierno, se le ofrecía un sacrificio. Un obispo inglés conocido como San Bonifacio llegó a Alemania para predicar la fe cristiana y al descubrir la adoración al árbol, cogió un hacha y lo derribó.

Tras leer el Evangelio, les ofreció un abeto, un árbol de paz que "representa la vida eterna porque sus hojas siempre están verdes" y porque su copa "señala al cielo". El obispo decidió adornarlo con manzanas, que representan para los cristianos la tentación, y con velas, un símbolo de la luz que Cristo trae al mundo al nacer. La fecha del nacimiento de Frey se convirtió en la del nacimiento de Jesús, aunque ésta es sólo una de las interpretaciones de por qué celebramos la Navidad el 25 de diciembre.

A partir de entonces se empezaron a talar abetos durante la Navidad y por algún extraño motivo se colgaron de los techos. Se cuenta que el teólogo puso unas velas sobre las ramas de un árbol de Navidad porque centelleaban como las estrellas en la noche invernal.

Aunque esta es la versión más extendida, existen otras como la de las comunidades celtas, griegas, e incluso una que dice que fue Martín Lutero quien impuso el pino en lugar del roble, como árbol navideño.

Tallin y Riga se disputan el primer árbol de Navidad

Dos ciudades bálticas se disputan el mérito de haber erigido el primer árbol de navidad en una plaza pública: Estonia en 1441 y Letonia en 1510. Unos comerciantes locales instalaron un abeto en la plaza del mercado de Riga, lo decoraron con rosas artificiales, bailaron a su alrededor y finalmente le prendieron fuego. Con el tiempo se comenzó a decorar con bolas y guirnaldas, una tradición que empezó en Alemania en 1605 para darle calidez al frío invierno. En Finlandia, el árbol de Navidad llegó en 1800, en Inglaterra lo hizo en 1829 y en el Castillo de Windsor se vio por primera vez en 1841 gracias al príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria.

Niños decorando el árbol de navidad

Primer árbol de Navidad en España

La primera persona que puso un árbol de Navidad en España fue una princesa de origen ruso, Sofia Troubetzkoy, viuda de un hermanastro de Napoleón y casada en segundas nupcias con José Osorio, un aristócrata, político y militar español. Fue en 1870 en Madrid, en el Palacio de Alcañices, donde ahora se encuentra el Banco de España.

Cuando llegaron las fiestas navideñas, la princesa decidió adornar su hogar al más puro estilo europeo y, para ello, decidió usar un enorme abeto iluminado como centro de su decoración. Fue el primer árbol de Navidad de muchos tantos que comenzaron a usarse a partir de ese momento en la ciudad y en el resto de España.