El amor por el cultivo y el cuidado de las plantas puede ser uno de aquellos amores eternos, indiscutibles y practicados en todas las culturas y en todos los tiempos. Todos hemos notado los innegables beneficios que nos trae el contacto directo con la tierra, con la naturaleza, y todo el bienestar que es capaz de generarnos a niveles muy distintos y muy profundos.

Los japoneses lo saben bien, y de ahí nació su amor hacia los jardines zen. Esos maravillosos espacios en los que los nipones incorporan arena, piedras lisas, grava, vegetación y distintas figuras y con los que consiguen crear ambientes inspiradores y relajantes, o los que sirven como espacio para la meditación o el cultivo de la atención plena y la concentración. Muchos de ellos son públicos y accesibles a cualquier persona que quiera dedicar unos minutos o unas horas a la contemplación. Pero muchos otros, también, forman parte de jardines privados y de una rutina de cuidado diaria con importantes beneficios para quienes la practican.

En nuestra cultura, también vemos muchos ejemplos de ello. Los monjes de clausura de la Cartuja de Escaladei, que habitaron el monasterio catalán desde el siglo XII y hasta el S.XIX, vivían reclusos en sus celdas personales, pero contaban con un espacio para el cultivo de un jardín y de un huerto. Así, el día a día de estos religiosos dedicados a la contemplación, se distribuía entre la práctica religiosa, el estudio de distintas disciplinas y el cuidado de su huerto personal, como gran vía para ejercitar tanto el cuerpo como la mente y el espíritu.

Otro ejemplo más: durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los gobiernos de Estados Unidos, Australia o Canadá animaron a sus ciudadanos a cultivar sus propios jardines de manera comunitaria, con el fin de fomentar el autoabastecimiento de alimentos y de subir la moral de una población asolada por la crisis bélica. Eran los conocidos “jardines de la victoria” o “jardines de la guerra”. Y, de nuevo, funcionó.

En tiempos de confinamiento y de aislamiento como los que estamos viviendo, los huertos, los jardines y las plantas siguen estando allí, representando una gran vía de escape, de relajación, de introspección y de salud. Estas pequeñas representaciones de la naturaleza en nuestros hogares nos ayudan a sobrellevar los periodos de dificultad como los que estamos viviendo, actuando como medios de reflexión y de sosiego, al igual que lo hacían con los monjes de Escaladei, los cuidadores de los jardines zen, o los civiles que sufrían los estragos de un largo conflicto bélico.

Cuáles son los beneficios de cultivar un jardín

¿Cuáles son los beneficios de cultivar un jardín?

 

Como decíamos, son muchos y muy saludables, ya que combinan el movimiento físico con la destreza o la paciencia, lo que puede ser un gran método para practicar la atención plena o el mindfulness y disfrutar así de los beneficios de esta práctica contemplativa.

  1. Mejora la memoria, la coordinación y la responsabilidad en las tareas
  2. Estimula la fuerza, el equilibrio, la creatividad y el aprendizaje de nuevas habilidades (también permite retomar competencias perdidas)
  3. Reduce el estrés y promueve la serenidad y la relajación
  4. Puede ser una nueva vía de diversión y de socialización

Si no tenemos suficiente espacio en casa porque no disponemos de jardín o de una terraza amplia, también podemos cultivar pequeños huertos urbanos con hortalizas, invernaderos domésticos o incluso pequeños maceteros con plantas aromáticas o medicinales, como ya te hemos ido explicando en otros artículos.

Cultivar hortalizas o plantas aromáticas en casa puede ser una gran terapia si nos centramos en el proceso que abarca su cultivo, desde su germinación hasta su cosecha. El crecimiento diario de las plantas que podremos ir observando ayudará a mejorar el estado de ánimo y a alejar preocupaciones de niños, adultos y ancianos. Además de representar una pequeña forma de autoabastecimiento de alimentos o de mejorar la belleza, el equilibrio y la frescura de nuestros hogares, tan necesaria en tiempos de cuarentena y aislamiento, o como método para reequilibrar la convivencia entre los distintos miembros de la familia o de la casa.

Huertos urbanos

Cómo hacer crecer un árbol a partir de un aguacate

 

Si no cuentas con ninguna de estas opciones, pero te apetece poner en práctica los beneficios del cuidado de plantas o pequeños huertos, te proponemos un sencillo experimento que puedes hacer en casa sin ninguna dificultad: hacer germinar un hueso de aguacate para que crezca un árbol, tal y como nos explican en ecoosfera.com. Solo necesitarás un hueso de aguacate limpio y entero (no le quites la piel) y seguir estos pasos:

  1. Inserta cuatro palillos en el hueso de aguacate, de manera que puedas sostenerlos en un vaso medio lleno de agua y que sólo se sumerja la parte inferior.
  2. Deposita el aguacate con los palillos en un vaso traslúcido, de manera que sólo se sumerja la parte inferior, donde crecerán las raíces.
  3. Cambia el agua una vez cada cinco días o una vez a la semana.
  4. Alrededor de la octava semana, empezarán a aparecer los brotes, en la parte superior, y las raíces, en la parte inferior.
  5. Cuando el tallo haya crecido entre 17 y 20 centímetros, córtalo a unos 9 centímetros para animar a la planta a seguir creciendo.
  6. Cuando el tallo alcance los 20 centímetros, trasplántalo a una maceta, dejando la mitad de arriba del hueso de aguacate descubierta. Sitúalo en una zona con mucha luz y calor y riégalo frecuentemente manteniendo la tierra siempre húmeda, pero sin ahogarlo (sabrás que tiene demasiada agua si las hojas están amarillentas).