La actual pandemia de COVID-19 no debería hacernos olvidar que nos encontramos en una crisis climática sin precedentes, que pone incluso en cuestión la supervivencia de la raza humana en el planeta. De la totalidad de animales que conviven en la superficie de la tierra, solamente un 4% son animales salvajes mientras que un 60% son animales domésticos y un 36% somos los humanos.

El binomio entre humanos y animales domésticos -la mayoría en régimen de explotación de ganadería intensiva- resulta claramente apabullante, ante el escasísimo 4% de animales salvajes. Unos datos que resultan aún más críticos si somos conscientes de que la supervivencia y el equilibrio de los ecosistemas depende de que este 4% no reduzca todavía más. Si estos porcentajes reflejan la situación de emergencia en la que nos encontramos, los datos en entornos metropolitanos -reducto de contaminación y enfermedades- dibujan un panorama no menos preocupante.

Un decremento en la contaminación del aire de apenas un 20% genera un incremento del 6% de la memoria de trabajo de los niños en edad escolar

Por ejemplo, está demostrado que un decremento en la contaminación del aire de apenas un 20% -especialmente de las concentraciones de NO₂- genera un incremento del 6% de la memoria de trabajo de los niños en edad escolar, o lo que es lo mismo, un incremento de 4 semanas de tiempo de aprendizaje en las escuelas. Este estudio, realizado en Londres en 2.000 escuelas y guarderías cercanas a calles con una incidencia notable de los niveles de contaminación, indica que al menos 500.000 niños están expuestos a un nivel de contaminación tal que les afecta a la salud y a su capacidad de aprendizaje.

También en Gran Bretaña -en uno de los estudios más ambiciosos sobre la relación entre los modos de transporte y la salud- se ha demostrado que (en un periodo de estudio de 5 años, sobre un panel de 263.450 personas de 53 años de media) aquellos ciudadanos que usaban la bicicleta para ir al trabajo reducían en un 52% el riesgo de tener un infarto o un 40% las posibilidades de padecer cáncer.

 

Beneficios de las actividades al aire libre

Son muchos los estudios que hablan de los beneficios que ofrecen las zonas boscosas cerca de los ámbitos urbanos y sobre todo a las personas mayores de 60 años. Las actividades al aire libre mejoran la salud y la función mental a la vez que fomentan la interacción social y mejoran la fuerza muscular -evitando caídas accidentales, una de las principales causas de discapacidad en edades avanzadas. El ejercicio ligero, como pasear por un parque o salir a hacer recados, contribuye también, en gran medida, a la salud general.

Según un estudio -que se realizó durante un período de 5 años- las personas mayores de 60 años que tenían parques, calles arboladas o espacio para pasear mostraron una mayor longevidad. Los ciudadanos y ciudadanas de 77 años que caminaron, de forma habitual, al aire libre reportaron una reducción del dolor del músculo esquelético, de los problemas de sueño y de la incontinencia urinaria. Quienes mantuvieron una actividad física al aire libre -durante unos 30 minutos- explicaron que notaron una clara mejora en la capacidad para hacer las actividades diarias, disminuyendo los síntomas depresivos y el miedo a caerse.

¿Una ciudad sana es una ciudad cara? Sin duda, la respuesta es no

Al contrario. Un estudio de la State University de Nueva York demuestra cada euro invertido en plantar árboles en las ciudades genera un retorno anual de 2,25 euros en ahorro de agua, energía y contaminación del aire. En esa misma línea, por cada kilómetro recorrido por un ciudadano en entornos urbanos se genera un ahorro de 1,07 € en gasto sanitario porque se minimiza, notablemente, el riesgo de contraer enfermedades cardiovasculares, cáncer o diabetes.

Ciudad vieja Lisboa

La ciudad que cura

La historia nos muestra distintos ejemplos de que una ciudad puede curar ya que son muchos los casos en que los problemas de salud pública han hecho repensar las ciudades.

Las plagas continuadas y el hacinamiento que experimentaba la ciudad de Barcelona dieron alas a Ildefons Cerdà para diseñar el Ensanche, a mediados del siglo XIX. El urbanista catalán dibujó un nuevo barrio -veinte veces mayor a la ciudad de aquel entonces- tramado por calles en forma de matriz, arboladas y de veinte metros de ancho. Las viviendas ventilaban entre las dos fachadas opuestas y tenían patios interiores, los cruces de las calles achaflanados funcionaban como pequeñas plazas y un sistema de alcantarillado permitió eliminar los pozos negros.

¿Cómo rediseñar la ciudad en la actualidad para hacerla más saludable? Uno de los grandes objetivos es lograr un aire más puro por lo que es necesario incrementar la masa forestal en las ciudades y erradicar completamente la circulación de automóviles privados de combustión. También debemos poner nuestra atención sobre el ciclo del agua y aprovechar la de calidad para usos múltiples.

Se debe pensar una arquitectura de terrazas y balcones para crear espacios en los que poder vivir en el exterior y transformar los terrados de las viviendas en huertos de producción a escala de barrio. Con ello, se favorece el autoconsumo y se disminuye el denominado “efecto isla de calor urbana” -acumulación de calor por la inmensa mole de hormigón y demás materiales absorbentes, sobre todo en el centro de las ciudades.

Se debe apostar en la edificación por materiales de origen natural como la madera, la paja como aislante, muros de tierra armada o arcilla compactada a presión, y evitar los materiales procesados que dejan tras de sí una gran huella ecológica por su consumo energético y emisiones en su producción y/o extracción. 

 

Cultivar superalimentos

Los huertos y granjas urbanas -normalmente verticales- ya se han instalado en nuestro imaginario pero su puesta en práctica sigue siendo marginal o voluntarista. ¿Qué sentido tiene un régimen alimentario que no conoce estaciones? Ya estamos, tímidamente, asumiendo que la mejor dieta alimentaria es la de kilómetro 0 y para ello se necesita aprovechar todos los espacios urbanos que tengan suelo para cultivar.

No podemos cultivar carne o cereales en los parques y jardines de nuestras ciudades pero sí que podemos producir los llamados “superalimentos”, tales como las algas de espirulina y chlorella, las bayas de goji, açaí o de aronia o las semillas de chía y cáñamo. Son alimentos con una alta concentración en proteínas y/o antioxidantes naturales y requieren extensiones pequeñas para su cultivo (en un terrado de los edificios de oficinas o viviendas). ¿Para cuándo una regulación que lo permita?

Ya hay proyectos en el mundo que apuntan en ese sentido y creemos que este modelo urbano se debería normalizar. Quizás ese podría ser el cambio estrella de una ciudad post-pandemia.

 

Carmen Santana. Arquitecta, Urbanista en Archikubik y colaboradora de la Sociedad Española de Salud y Medicina Integrativa.