En los últimos años, la tendencia hacia el minimalismo, con el sello de estilos nórdicos e industriales, se ha impuesto de forma clara y contundente en el gusto de cualquier diseñador a la hora de decorar todo tipo de espacios. Encontramos en este modo de decoración de interiores una necesidad por evitar la sobrecarga de nuestras estancias. Sus premisas son un ambiente despejado, preferiblemente bien iluminado y claramente detallista, se trata de un espacio que economiza hábilmente conjugando moda y elegancia. ¿Su principal problema? El riesgo de crear estancias impersonales. Y si bien puede resultar sencillo insertar elementos personales en nuestra propia casa por muy minimal que sea, hacerlo en los interiores de un hotel puede resultar un completo desafío lleno de obstáculos a sortear.

¿Cuántas veces habremos ido a un hotel en que, a pesar de su excelente trato, comodidad y buen gusto hemos echado algo en falta? La decoración minimalista aplicada al mundo hotelero muchas veces acaba resultando en su peor versión: un espacio aséptico, casi de aspecto quirúrgico… Y es que lo más lamentable que puede pasarle a cualquier interior es la impersonalidad, antes que eso, mejor un espacio vacío e inmaculado, pues potencialmente permite mucho más.

La decoración de un hotel, en tanto que espacio de alojamiento transitorio de muchos tipos  distintos de huéspedes, generalmente ya no puede ser muy personal. Serlo demasiado sería hasta negativo porque ningún alojado querría sentirse violentado en su intimidad ni su espacio vital. Por eso el interiorismo de hoteles es una cuestión muy delicada que requiere de manos muy creativas capaces de encontrar el perfecto equilibrio entre lo personal y lo impersonal.

El estilo minimalista, del cual no se debe renegar dadas todas sus ventajas y buen gusto, a veces aboga mucho por tonos y formas más bien fríos. En un hotel esa frialdad es lo primero a combatir para alejarse de la impersonalidad absoluta.

Lo primero que podría necesitar el interiorismo de hoteles es la apuesta por la calidez. Un minimalismo cálido, basado en decoraciones y materiales como maderas y mármoles claros o colores apastelados, puede ser un gran punto a favor para que un hotel sobrio permita dar una sensación cómoda y confortable. Es necesario que el alojado no se convierta en un extraño en un espacio demasiado neutral pintado a blancos y negros, pero tampoco en un conocido de toda la vida; el espacio, cuando gana en calidez transmite así una suerte de emoción de “hogar, pero transitorio y de paso”.

En última instancia, cualquier espacio está destinado a dejar huella en los que lo habitan ­–ya sea de forma permanente, ya sea de modo temporal–. No dejar huella es un fracaso estrepitoso del diseñador.

A día de hoy no son pocos los que empiezan a recuperar aspectos de ideas de los 90 que algunos arquitectos y teóricos del diseño tejieron sin tener una gran repercusión. Estos denunciaban y se rebelaban contra el marco del diseño, creían que estaba demasiado dogmatizado y enmarcado por unos cánones –principalmente funcionalistas y establecidos por referencias como Mies Van Der Rohe– de los que salirse podía resultar catastrófico. Defendían, pues, el “desdiseño” a través de una clara vuelta a lo natural.

La idea de estos pensadores sobre volver a un estado más natural de lo diseñando a base de desdiseñar era bastante radical. Y aunque los puntos extremos no nos interesan cuando hablamos de diseñar los interiores de un hotel dado que se busca un equilibrio, seguro que, con moderación y acierto, la introducción de elementos de la naturaleza en un hotel es una buena apuesta sumada a las tonalidades cálidas de las que ya he hablado.

Así, el minimalismo aplicado a la decoración de un hotel, ni nórdico ni industrial: cálido y natural.

Si al minimalismo le restamos un escueto porcentaje de su línea recta funcional y le introducimos leves curvas estilosas, poco exuberantes y nada barrocas no dejará de ser minimalismo ni será menos verdadero.

Por el contrario, tendrá más veracidad al convertir la estancia en un lugar que, sin trasladar a una persona a la selva o la montaña –salvo que hablemos de hoteles rurales–, sí la evocará al mundo y orígenes de los que procede, que no están más allá de la naturaleza. Y eso es un valor universal y pertenece al inconsciente de todo ser humano. Naturalizar es lo opuesto a la impersonalización.

Aquí se siguen algunas ideas que pueden naturalizar un poco un ambiente hotelero y darle un toque un poco más personal.

Unos materiales apropiados para el espacio que defiendo para un hotel destacarían por ser visiblemente naturales. Madera noble, piedra y texturas con poco artificio.  

Las formas que eviten la estricta rectitud deben ser serenas y armónicas en las estancias del hotel, y es lógico que se puedan ver en un mobiliario que podría hacernos pensar en un modernismo actualizado y nada recargado como el que ya tenemos visto.

Hace ya muchos siglos que las técnicas de cerámica más excelentes fueron alcanzadas y la presencia de estas piezas elaboradas por un artesano llenan una habitación de naturaleza: el barro de una buena cerámica y la forma de esta es un simple y hermoso detalle de minimalismo que sitúa en el ambiente un punto natural.

cerámica, minimalismo personal

El sonido sutil del agua al caer es también una buena forma de introducir naturaleza y de hacer que la experiencia sensorial del huésped se amplifique. El agua puede estar en alguna fuente en un hall, en un pasillo o en una sala de reunión, aportando un sonido y una frescura agradables y relajantes. Aunque como máximo exponente de la relajación y el buen gusto (también del lujo) encontraríamos las pequeñas piscinas interiores y exteriores que algunos hoteles ofrecen en sus habitaciones integrándolas, muchas veces, en un espacio natural.

agua haciendo más personal un hotel minimalista

También la presencia de plantas será siempre un elemento natural por excelencia que dará color a las estancias del hotel y “asalvajará” en el mejor de los sentidos el minimalismo más contenido. Si además, las plantas de un hotel se basan en flores, sería recomendable que la flor recordara a su estación de acuerdo con el arte floral japonés, donde más se ha desarrollado la decoración con plantas. La imagen que encabeza el presente artículo es también un ejemplo perfecto del uso de las plantas, en ese caso, el hall del recinto hotelero se ha erigido en torno a un espacio natural. 

Estos elementos naturales en un ambiente muy sobrio obligan a la interacción de los sentidos y logran hacer más distendido y desenfadado el espacio. Es una forma de hacer del hotel un lugar más acogedor y algo personal sin excederse. A nuestros sentidos no pasarían nunca desapercibidos estos elementos y cuando propician que interactuemos con ellos, aunque sea de forma pasiva, provocan de un modo fascinante que estemos más presentes en el lugar.

 

“Este artículo opta al “Premio al mejor artículo de blog de interiorismo hotelero de InteriHotel”.