Que la vida comienza realmente al final de nuestra zona de confort bien podría ser la divisa de la escritora y periodista, relaciones públicas, empresaria y emprendedora Fiona Ferrer Leoni, pero ella misma se encarga de llevar el pensamiento un paso más allá añadiendo que «vivir bien es un arte difícil de aprender». Lo dice toda una experta, que ha recorrido medio mundo –de Barcelona a Madrid, pasando por París, Nueva York, Palma, Miami, Bogotá o Ibiza– sumando conocimientos y experiencias inscritas en la intersección de comunicación, moda y arte.

Pero, ¿y la decoración? «A mi madre (la modelo italiana Mietta Leoni) le gustaba muchísimo, y todas nuestra casas fueron espectaculares. La de Barcelona, en la que nací, estaba toda pintada de negro, ya en aquella época. Supermoderna. ¡Imagínate!». No es extraño, por tanto, que haya decorado personalmente todos y cada uno de sus hogares. Y el que nos ocupa, un amplio apartamento ubicado en un edificio de finales del siglo XIX en el corazón del madrileño barrio de Las Letras, no fue ni mucho menos una excepción. Utilizamos el pasado porque Fiona, una mujer imparable, cambia a menudo de casa y ya no vive en él. Pero en aquel piso alquilado destiló su esencia deco, que armoniza estilos y épocas «en un desorden perfectamente orquestado que ref leja muy bien mi personalidad». La enamoró «su estructura, que brindaba un potencial enorme para vestir la casa. Buscaba un espacio muy especial para recibir en otro de mis proyectos profesionales, unas cenas clandestinas en las que, alrededor de un chef y la cocina, nos reunimos unos cuantos amigos. Además, de mis años en los Estados Unidos me queda, entre otras muchas cosas, el gusto por los loft». Apenas necesitaba retoques, por lo que el trabajo se centró fundamentalmente en «adaptar armónicamente las cosas que ya tenía –herencias familiares, muebles y objetos comprados en diversos países con los años y su colección de arte contemporáneo– al nuevo espacio, y muy pequeños detalles», esos que demuestran la grandeza de quien siempre piensa en superarse.

Comedor
Belén Imaz
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Comedor

Mesa de madera preciosa, de Becara, con jarra y cacerola metálica a modo de jarrones, y sillas a medida en roble y piel. A la izquierda, escultura de payaso de Eladio de Mora, Demo.

Despacho
Belén Imaz
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Despacho

Los libros, muy a mano y no constreñidos en la biblioteca, aportan una inyección de personalidad a cualquier interior. 

Baño
Belén Imaz
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Baño

Con bañera exenta en Resicryl como centro de la estancia; el cuadro, de un pintor ibicenco amigo de sus padres, la ha acompañado desde niña en todas sus casas; y espejo de chimenea francés del xix comprado en un anticuario parisino. 

Dormitorio
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Dormitorio

Gueridón en hierro y cristal comprado en El Rastro, con lámpara herencia familiar; junto a ellos, marrón de cristal soplado italiano perteneciente a su madre. Y otra fotografía de la serie Anti-monumentos, de Oswaldo Ruiz, en Galería Luis Adelantado. 

Dormitorio
Belén Imaz
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Dormitorio

Cabecero hecho a medida en piel, cojines y manta de Becara, mesilla de noche comprada en El Rastro y lámpara de herencia familiar. Sobre la cama, fotografía de la serie Anti-monumentos, de Oswaldo Ruiz, en Galería Luis Adelantado. 

Cocina
Belén Imaz
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Cocina

De inspiración norteamericana, abierta y centro de reunión; uno de los pocos espacios reformados de la casa. 

Detalle del comedor
Belén Imaz
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Detalle del comedor

En otra vista, sobre semáforo norteamericano y el capote de la tarde del retiro de César Rincón, dos obras del artista japonés Takashi Murakami. A la derecha, fotografía de un samurai perteneciente a la serie Aura, de Jorge Cardarelli.