La historia de la arquitecta alemana Christine Leja con Can Raco parece, por las coincidencias encadenadas –el encuentro de un paraíso insospechado y su final feliz– sacada de una película de Hollywood. Hace quince años, una de sus mejores amigas, de vacaciones en Mallorca, se enamoró de poco más que unas ruinas mientras hacía senderismo. Su marido las compró para ella con el sueño de reconstruirlas con ayuda de Leja, pero uno de esos giros inesperados de la vida hizo que tuviesen que vender la propiedad sin haber tocado una sola piedra. Entonces la adquirió un amigo común que, tras unos años planeando qué hacer con ella, también acabó desprendiéndose de Can Racó. Y, para rizar el rizo, una tercera amiga del grupo fue brevemente su propietaria antes de que nuestra protagonista (con permiso de la casa) se hiciese con ella.


Salón. El estilo en el que está decorada la casa, heterogéneo y relajado, combina las lámparas de Tom Dixon con un aparador recuperado, alfombras y cerámica tradicionales y textiles étnicos. Todo en su justa medida.

“En el mundo hay millones de ideas brillantes, pero muy pocas llegan a hacerse realidad. Durante años fui testigo de grandes planes, planes ridículos, algunos de poco vuelo y otros, en cambio, pura fantasía, que nunca se consumaron. Así que decidí que ya era hora de que aquella casa que durantetanto tiempo no había sido más que ideas pasara a ser acción y realidad”, recuerda Christine Leja.


Comedor principal. Como en toda la casa, la mezcla es la verdadera protagonista: mesa de madera de Chehoma Atelier d’Ambience, sillas Wishbone, de Hans J. Wegner, y cesta asiática usada en peleas de gallos para cubrir la araña y matizar su efecto burgués.

Su proyecto, práctico y esencial, era crear un espacio habitable que se mimetizara con el privilegiado entorno de luz plena, inmenso mar azul y naturaleza mediterránea. Para ello, se eligieron cuidadosamente materiales –como la piedra egipcia, idéntica a la caliza autóctona– y colores –todos ellos encontrados en los parajes circundantes–, con la libertad, la ligereza, la amplitud, la simplicidad y la sostenibilidad como líneas maestras.


El comedor exterior está conectado con la cocina. Lámparas de hierro marroquíes, como las sillas, y mesa rústica de madera muy antigua procedente de Bélgica comprada en un anticuario. En el suelo, baldosas de pizarra de Indonesia.

Para amueblarla, se apostó por un estilo relajado y ecléctico, que pone en juego artesanía local, piezas vintage, diseño contemporáneo, recuerdos de viajes y un medido toque étnico. El resultado es una vivienda acogedora, un refugio afortunado y autosuficiente (el agua sale de su propio pozo, cuenta con una instalación solar de última tecnología para el autoabastecimiento eléctrico y los terrenos de la finca producen frutas y verduras ecológicas) concebido tanto para encontrarse con uno mismo y descansar como para recibir –y albergar– a amigos y compartir con ellos este trocito de paraíso.


Chill out’. Todos los muebles de la zona de relax en la terraza (tumbonas, bancada, pufs, etc.) están hechos a medida, salvo las mesas tradicionales marroquíes.